Gastar para la persona

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

 

“Ejercer el gasto público en educación, salud, infraestructura y tecnología: uno de los caminos para combatir la desigualdad económica”, LHM.
 
Los contribuyentes que movemos la economía nacional –los cautivos, claro, ¿hay otros políticamente correctos?– tenemos un margen de maniobra estrecho para aprovechar las oportunidades que el entorno actual nos ofrece. Por ello, justo, vale la pena recordar la importancia que el gasto público tiene en nuestras vidas.

Según especialistas en la materia –opinión con la que coincido plenamente–, el Gobierno tiene que obedecer las máximas siguientes:

1ª. Los recursos (todo el dinero recaudado a través de los impuestos, contribuciones, multas, derechos…) son de los ciudadanos, no del gobierno.

2ª. El gasto del dinero de los ciudadanos debe aumentar con claridad su bienestar y calidad de vida.

3ª. La disminución de la brecha económica entre los que más tienen (los menos), frente a la población empobrecida (la mayoría), tiene que ser considerado un derecho social, y no el manoseo de un acuerdo o arreglo clientelar que sólo favorece el estatus quo.

4ª. El sistema fiscal no debe recaer sobre los que siempre pagan y debe buscar esquemas tributarios más simples –que impulsen la competitividad– para la micro, pequeña y mediana empresas (MiPymes), toda vez que son los agentes económicos que generan el mayor número de empleos en el país.

5ª. Privilegiar el gasto público hacia sectores que disminuyan la desigualdad económica nacional: educación, salud, infraestructura y tecnología.

6ª. Ante una eventual crisis económica, en lugar de utilizar el gasto público para salvar a los banqueros (hipotético ejemplo), mejor rescatar a los deudores (con quitas de intereses, pagos a capital o reestructuraciones de los créditos).

El reto –como siempre– será que el Gobierno (local, estatal o federal) utilice los recursos de los mexicanos de manera ética y socialmente responsable. “Ahí está el detalle, chato”, diría Cantinflas.

 * El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y ANADE. Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

Ciudadanos corporativos

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

  

Hace 20 años, la generación de valor de un modelo de negocio giraba alrededor de las operaciones o de la cadena global de suministros y distribución; descansaba sobre el marketing tradicional y la venta de los productos y/o servicios.

Dichos aspectos servían como elementos tangibles para el consumidor (figura central de los procesos organizacionales): producir, distribuir, comunicar, vender y facturar formaban parte del mantra empresarial para satisfacer una demanda real y concreta –o inducida y potencial– en el mercado.

En aquella época, la responsabilidad de la Alta Dirección consistía en llevar a cabo –conforme a lo pactado durante el solemne proceso de planeación estratégica– todas y cada una de las actividades arriba citadas para garantizar a los accionistas un retorno importante en el corto plazo.

Sin embargo (ahora), las condiciones laborales, la cultura organizacional, las prácticas medio ambientales, la reputación y la credibilidad social de una empresa son imanes muy poderosos para atraer y mantener el interés y la relevancia hacia su propuesta de valor.

Un número cada vez mayor y variado de stakeholders –entre los que, por supuesto, también se encuentran los empleados y consumidores (presentes y futuros)– tomarán sus decisiones de contratación o de compra de productos y/o servicios sobre dicho interés y relevancia; y no sólo sobre la base del binomio precio-calidad.

Y si a todo lo anterior le sumamos el peso de la participación ciudadana organizada, el juicio público –en vivo y/o en línea– de los medios de comunicación y las reformas constitucionales, entonces queda claro que la Alta Dirección (abogados de empresa incluidos) requiere de un nuevo instrumental de conocimientos y habilidades.

En pocas palabras: empresarios tienen que ocuparse por ser ciudadanos corporativos extraordinarios.

* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y ANADE. Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

¿Empresas? El problema no es abrirlas

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis 

“México necesita estudiantes de posgrado dispuestos a crear paradigmas nuevos”, LHM.
 ¡Ya tenemos reforma a la Ley de Sociedades Mercantiles! ¡Viva! Pero ya hablaremos de ella, en otro momento, con más calma. En tanto, a propósito de sus modificaciones, creo que el punto de quiebre para nuestro país no está en la facilidad de constituir una empresa (aunque ayuda, y mucho, por supuesto).

Opino que el problema raíz (o uno de los más cercanos a la problemática origen es que) en nuestro México lindo y querido ¡70% de los nuevos negocios familiares no llega al tercer año de vida! Además, en 53% de los casos, los familiares que tienen alguna responsabilidad gerencial no son evaluados ni compensados en consecuencia.

A partir de semejantes cifras, y en coincidencia con diversos estudios, la materialización de estrategias de vinculación empresa-universidad tendría que ser el detonante para elaborar cualquier programa de posgrado, y no las creencias de personas que diseñan los planes educativos resguardadas en la comodidad de un escritorio que pertenece a X o Y asociación o federación de universidades.

Ya no tenemos tiempo: las instituciones de educación superior deben atender y entender profundamente la problemática empresarial del país, sólo así conocerán las competencias y habilidades pertinentes a desarrollar dentro del aula. Y si quieren pensar en términos de cliente, pues adelante.

Pero “los clientes” no son los alumnos –por mucha colegiatura que paguen en el caso de las instituciones privadas–, ni las empresas incluso. ¡El cliente principal –el jefe máximo a satisfacer a través de cualquier programa de estudio y vinculación– es México!

Cierto, las empresas requieren directivos efectivos y eficientes, pero la obligación de la universidad es formarlos en las aulas para que también sean solidarios y humanos ante los desafíos que enfrentan, por ejemplo, las mipymes mexicanas: las mayores generadoras de empleo en nuestro país.

 * El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y ANADE. Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

Directivos, cambien de asesores

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis.

“Urge que la Alta Dirección considere opiniones nuevas; puntos de vista a favor de la persona”, LHM.

Los directores y gerentes –agobiados y perdidos– mecen sus cabellos porque, como ocurre cada año, los números no les favorecen, pero sí retratan el comportamiento deficiente de la corporación en su conjunto.

Y aunque la Alta Dirección (AD) tiene claro sus objetivos, por lo menos el de impulsar los resultados financieros de la organización, los capitanes en turno desesperan al ver que su nave no responde a los movimientos del timón… Y se hunden, se hunden… ¡Se hunden!

Las historias de ruptura y fracaso, producto de una mala administración o comunicación entre la AD y sus empleados, inundan los contenidos de los libros de management, liderazgo, estrategia y comunicación directiva.

Es más, algunas consultoras emergentes encontraron en esa “área de oportunidad” (léase falla, error, trabuco o problema) un nicho de mercado bastante jugoso. El inconveniente es que, en la mayoría de los casos, los pseudo asesores no saben cómo armar el rompecabezas. Pero sí conocen el proceso óptimo de cobrar sin ayudar.

La necesidad de entregar resultados de corto plazo, sin perder la visión de largo alcance, provoca que los directores de empresa prueben todo tipo de herramientas, técnicas, consejos, prácticas, tips o sugerencias con el único propósito de encontrarle la cuadratura al círculo. ¿El resultado? Un mero round de sombra que no incrementa la competitividad empresarial de nuestro país, ni tampoco impulsa la sustentabilidad nacional.

¿Cuál es, entonces, la solución? Construir modelos de negocio cuya base sea el paradigma del propósito social: cuidar de las sociedades, de las personas, de las comunidades y de –incluso– otros negocios de competencia aparente (ver vídeo sobre la importancia de disminuir la desigualdad social).

Para acabar pronto, girar un modelo de negocio alrededor –únicamente– del sistema económico-financiero, simplemente, ya no resulta viable. Advertidos.

* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y ANADE. Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.