Un empleado ignoró a su jefe

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

 

Imagina la escena: un empleado recibe una instrucción puntual de su jefe. Y, en lugar de atenderla, el empleado la ignora. Más aún. No sólo la desconoce, en su tozudez también tergiversa las instrucciones de su superior a grado tal que, al final del día (en caso de no detener a tiempo semejante absurdo), el jefe terminará reportándole al subordinado todos sus actos.

Pues así ocurrió con la popularmente conocida Ley 3 de 3. Los senadores (con nombres, apellidos y partidos políticos perfectamente bien identificados; aquí los datos) no sólo mostraron –una vez más– que la voluntad de la sociedad les vale un carajo, también sentaron un precedente (otro) de que son capaces de morder la mano de la persona que les da de comer.

Ahí quedó como muestra la bizarra ley que, a nada, estuvo a punto de ser derecho positivo mexicano. Una ley que generaría una serie de estupideces que sólo a unas mentes retorcidas y alejadas del bien común se les ocurriría proponer.

Y digo que a nada porque –una vez más– la sociedad mexicana (sintetizada en algunos empresarios, ciertos abogados y otros miembros de su clase media) solicitó al representante del Poder Ejecutivo Federal (en reunión privada) que ejerciera su facultades de veto, o sobre toda la ley, o sobre sus artículos más absurdos. El presidente optó por lo segundo.

¿Ahora qué sigue? Preguntarnos si aún no tenemos suficiente de las personas que, gracias a nosotros, hoy tienen un cargo de legislador. Si la respuesta es sí, entonces recordemos el artículo 39 de nuestra Constitución que dice: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

Ya el pueblo de Inglaterra hizo su trabajo (adiós Unión Europea). El tiempo dirá si decidió lo correcto (o si reculará del resultado). Pero la sociedad inglesa actuó. ¿Nosotros cuándo?

 * El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección y Derecho en la UNAM, EBC, UP, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

¿Y dónde quedaron los cínicos?

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

 

Conforme pasan los años (“me hago más viejo” o adquiero más experiencia, elige tú) descubro cosas sobre la convivencia generacional. Me explicaré mejor. Las referencias que unieron a mi abuelo con mi padre, y a ellos conmigo, cada día son menores con respecto a las personas más jóvenes (“menos viejas” o con menor experiencia, otra vez, elige tú).

“Ahora todo es diferente”, “eso era en tus tiempos”, “las cosas ya no son como antes”, “es otra época”… Llámalo como quieras. La verdad es que urge construir puentes de comunicación para “conectarnos” de manera prudente como sociedad. ¡Los muros que nos separan entre una generación y otra cada vez lucen más altos, fuertes y anchos (prácticamente insalvables)!

¿Ejemplo? Las palabras, y –claro está– el impacto que tienen en la gente. Aquí un botón de muestra: cinismo. Según el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano (me refiero a un libro impreso, no electrónico; objeto físico con el que las personas más antiguas dialogábamos a un nivel intelectual con los maestros vivos o muertos), “el cinismo es una doctrina fundada por Antístenes de Atenas (siglo IV a.C) en el Gimnasio Cinosargo”.

El filósofo italiano escribió que “la tesis fundamental del cinismo es que el único fin del hombre es la felicidad y que ésta consiste en la virtud. Fuera de la virtud no existen bienes, y fue característico de los cínicos su desprecio por las comodidades, el bienestar, los placeres y la ostentación del más radical desprecio por las convenciones humanas y, en general, por todo lo que aleja al hombre de la sencillez natural de la que los animales dan ejemplo”.

Hoy, a decir de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la palabra “cinismo” define a una persona que “actúa con falsedad o desvergüenza descaradas”. El problema es que “falsedad” y “desvergüenza” no son sinónimos (y menos jurídicos). Así que… ¿Debo agradecer o molestarme cuando alguien me dice cínico?

Si es por “faltar a la verdad”, entonces “a las pruebas me remito”. Pero si es por falta de “vergüenza”, gracias; pero en su segunda acepción, y sólo lo prudentemente necesario.

* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección y Derecho en la UNAM, EBC, UP, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

El silencio de los buenos mexicanos

Por Luis Hernández Martínez.            Twitter: @miabogadoluis

Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), una de las acepciones de abogar es: “Interceder, hablar en favor de alguien o de algo”. Eso haré hoy, como abogado. Hablaré en favor de los mexicanos. De los buenos mexicanos.

El fin de semana ocurrieron muchas cosas en nuestro país. Varias de ellas atentaron contra el Estado de Derecho; otras contra la propiedad, la libertad, la seguridad, la vida y la salud de las personas. ¿Y qué hicieron los buenos mexicanos? Continuar con sus vidas.

Pero qué hicieron, puntualmente, para continuar con sus vidas. Al menos de los actos que fui testigo, los mexicanos a mi alrededor estudiaron, hicieron relaciones (profesionales, personales…), trabajaron (como empleados, empresarios o profesionistas independientes), generaron ideas (de negocio o entretenimiento), celebraron aniversarios (cumpleaños y/o casamientos), bailaron, cantaron, compartieron…

¿Entonces por qué nuestro país está sumergido en la violencia (física, psicológica, emocional)? ¿Por qué crece la desigualdad (ricos cada día más ricos; pobres cada día más pobres)?

¿Por qué la inequidad y la falta de oportunidades (a pesar de las promesas de la justicia cotidiana)? ¿Por qué los funcionarios públicos (del poder ejecutivo, legislativo y judicial) ignoran a las personas que deben servir? ¿Por qué aumenta la intolerancia y los crímenes de odio? ¿Por qué la corrupción rampante? ¿Por qué?

Tengo algunas hipótesis. Una de ellas relacionada con las líneas de esta columna: los buenos mexicanos están muy ocupados con sus vidas (tanto que en las elecciones pasadas triunfó el abstencionismo). La ironía es que, de seguir así, sus vidas ya no serán ni la sombra de lo que hoy son.  

Ya lo dijo Martin Luther King​: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética; lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”… De los buenos mexicanos.

 * El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

Todos dependemos de todos

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

Trabajemos por un México más justo, próspero, competitivo y en paz.
A estas horas, la mayoría de los mexicanos ya tendremos una idea de lo acontecido en las 12 gubernaturas, 966 presidencias municipales y 388 diputaciones que fueron objeto de votaciones durante la jornada electoral del 5 de junio.

Ya también en estos momentos, los “mexicalinos” (¿o “mancereños”?) sabrán –más o menos– qué pasó con la elección de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México. Y, justo, por eso no escribiré más al respecto.

Sólo aprovecharé este espacio para recordar algo que siempre debería estar presente en todas y cada una de nuestras acciones y toma de decisiones: todos dependemos de todos (boleros, albañiles, periodistas, abogados, administradores, educadores, políticos, hombres, mujeres, niños…). Estamos inexorablemente sujetos a la suerte y destino de los unos con relación a los otros.

Si contaminamos el ambiente, entonces nos afectamos en lo social y político. Si nos fracturamos en lo social, por consecuencia tanto lo político como lo medioambiental se van al carajo. Y si en lo político perdemos el rumbo, la suerte del medio ambiente y de lo social ya está echada: la posibilidad de ser sustentables como país, como nación, como Estado… La habremos perdido.

¿Para siempre? No sé. Quiero pensar que no. Quiero creer que a pesar de nuestras torpezas, egoísmos, subjetivismos y relativismos debemos conservar –en algún lugar de nuestro espíritu (¿alma, corazón, vida, fe?)– la posibilidad de construir un futuro mejor para nosotros… Para nuestro país.

Por ello necesitamos creer con pasión y firmeza que aún está en nuestras manos la construcción de un México más justo, más próspero, más competitivo y en paz. Por mi parte seguiré luchando para que, en algún lugar de mi patria (palabra casi en desuso), mi mensaje encuentre el eco que requiere para retumbar y marcar el inicio de un mundo nuevo. ¿Tú, qué harás?

 * El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.