¿Y dónde quedaron los cínicos?

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

 

Conforme pasan los años (“me hago más viejo” o adquiero más experiencia, elige tú) descubro cosas sobre la convivencia generacional. Me explicaré mejor. Las referencias que unieron a mi abuelo con mi padre, y a ellos conmigo, cada día son menores con respecto a las personas más jóvenes (“menos viejas” o con menor experiencia, otra vez, elige tú).

“Ahora todo es diferente”, “eso era en tus tiempos”, “las cosas ya no son como antes”, “es otra época”… Llámalo como quieras. La verdad es que urge construir puentes de comunicación para “conectarnos” de manera prudente como sociedad. ¡Los muros que nos separan entre una generación y otra cada vez lucen más altos, fuertes y anchos (prácticamente insalvables)!

¿Ejemplo? Las palabras, y –claro está– el impacto que tienen en la gente. Aquí un botón de muestra: cinismo. Según el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano (me refiero a un libro impreso, no electrónico; objeto físico con el que las personas más antiguas dialogábamos a un nivel intelectual con los maestros vivos o muertos), “el cinismo es una doctrina fundada por Antístenes de Atenas (siglo IV a.C) en el Gimnasio Cinosargo”.

El filósofo italiano escribió que “la tesis fundamental del cinismo es que el único fin del hombre es la felicidad y que ésta consiste en la virtud. Fuera de la virtud no existen bienes, y fue característico de los cínicos su desprecio por las comodidades, el bienestar, los placeres y la ostentación del más radical desprecio por las convenciones humanas y, en general, por todo lo que aleja al hombre de la sencillez natural de la que los animales dan ejemplo”.

Hoy, a decir de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la palabra “cinismo” define a una persona que “actúa con falsedad o desvergüenza descaradas”. El problema es que “falsedad” y “desvergüenza” no son sinónimos (y menos jurídicos). Así que… ¿Debo agradecer o molestarme cuando alguien me dice cínico?

Si es por “faltar a la verdad”, entonces “a las pruebas me remito”. Pero si es por falta de “vergüenza”, gracias; pero en su segunda acepción, y sólo lo prudentemente necesario.

* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección y Derecho en la UNAM, EBC, UP, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

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