OSC: visibilidad y confianza

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis


 La sociedad mexicana enfrenta un reto muy importante de cara al futuro de la competitividad, el desarrollo y la sustentabilidad nacionales. ¿Cuál? Construir e impulsar modelos de negocios innovadores que respeten la dignidad de la persona, sean amigables con el medio ambiente, fomenten la distribución de la riqueza y disminuyan la brecha económica entre pobres y ricos.

Por fortuna, aunque resulte difícil de creer, el gobierno y los empresarios –incluso los jueces nacionales– promueven (aunque de forma incipiente) una cultura y dinámica de mercado con visos de respetar el estado de derecho. Y si a tal esfuerzo sumamos las acciones de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC), entonces el tamaño de una compañía cada día será menos importante con respecto al talento y entrega de valor que una organización sea capaz de generar.

¿Por qué? Porque no es indispensable estar al frente de una “gran empresa” (en términos de número de empleados y recursos) para dirigir una firma competitiva, innovadora y de reputación ejemplar. ¡Un modelo diferenciado y que genere valor no necesariamente surge de una corporación multinacional!

Hoy, tanto la competitividad como la innovación tienen que girar alrededor de la persona, de la sociedad; y el director general de cualquier organización (con o sin fines de lucro) debe ser el primero en establecer los estándares morales de acción y conducta para que la magia del bienestar social ocurra.

Además, en esta época de hipercompetencia global, no puede hablarse de una sociedad civil organizada y competitiva si actúa ignorante y apática con respecto al tema de la sustentabilidad.

Las mujeres y hombres de las OSC tienen que apostarle a los constructos y paradigmas de vanguardia (proteger, promover y reparar las violaciones de los derechos humanos, por delante) para demostrar a sus diferentes públicos objetivo –con hechos– que su actuar es ético y sustentable. A todos nos interesa (y beneficia) que sean organizaciones con visibilidad y confianza.

 
* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección y Derecho en la UNAM, EBC, UP, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

¿Y dónde quedaron los cínicos?

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

 

Conforme pasan los años (“me hago más viejo” o adquiero más experiencia, elige tú) descubro cosas sobre la convivencia generacional. Me explicaré mejor. Las referencias que unieron a mi abuelo con mi padre, y a ellos conmigo, cada día son menores con respecto a las personas más jóvenes (“menos viejas” o con menor experiencia, otra vez, elige tú).

“Ahora todo es diferente”, “eso era en tus tiempos”, “las cosas ya no son como antes”, “es otra época”… Llámalo como quieras. La verdad es que urge construir puentes de comunicación para “conectarnos” de manera prudente como sociedad. ¡Los muros que nos separan entre una generación y otra cada vez lucen más altos, fuertes y anchos (prácticamente insalvables)!

¿Ejemplo? Las palabras, y –claro está– el impacto que tienen en la gente. Aquí un botón de muestra: cinismo. Según el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano (me refiero a un libro impreso, no electrónico; objeto físico con el que las personas más antiguas dialogábamos a un nivel intelectual con los maestros vivos o muertos), “el cinismo es una doctrina fundada por Antístenes de Atenas (siglo IV a.C) en el Gimnasio Cinosargo”.

El filósofo italiano escribió que “la tesis fundamental del cinismo es que el único fin del hombre es la felicidad y que ésta consiste en la virtud. Fuera de la virtud no existen bienes, y fue característico de los cínicos su desprecio por las comodidades, el bienestar, los placeres y la ostentación del más radical desprecio por las convenciones humanas y, en general, por todo lo que aleja al hombre de la sencillez natural de la que los animales dan ejemplo”.

Hoy, a decir de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la palabra “cinismo” define a una persona que “actúa con falsedad o desvergüenza descaradas”. El problema es que “falsedad” y “desvergüenza” no son sinónimos (y menos jurídicos). Así que… ¿Debo agradecer o molestarme cuando alguien me dice cínico?

Si es por “faltar a la verdad”, entonces “a las pruebas me remito”. Pero si es por falta de “vergüenza”, gracias; pero en su segunda acepción, y sólo lo prudentemente necesario.

* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección y Derecho en la UNAM, EBC, UP, ICAMI y HC Escuela de Negocios.

Honrar la palabra

Por Luis Hernández Martínez* Twitter: @miabogadoluis

Cumplir con lo acordado. Punto. ¿Cuántos conflictos se evitarían? ¿Cuántas relaciones sentimentales y profesionales se fortalecerían? ¿Cuántas amistades permanecerían en el tiempo? ¿Cuántos negocios prosperarían? En fin, ¿cuánto bienestar generaríamos para nuestra sociedad si hacemos lo que decimos (guiados, al menos, por las cuatro virtudes cardinales: justicia, prudencia, templanza y fortaleza)?

Los incumplimientos ocurren en todos los ámbitos: político, económico, social, tecnológico, ecológico, global, legal… Frases como “te doy mi palabra” o “cerrado, ya es un compromiso” parecieran que ya significan otra cosa, muy diferente, al concepto implícito en ellas 20 años atrás.Hoy es muy fácil para un político “empeñar la palabra” (aunque en el pronunciamiento de su discurso bien sabe que no cumplirá). Igual de sencillo es para un empresario decir “trato hecho” (a sabiendas de que no tiene ni la mínima intención de honrar ninguna de las cláusulas del contrato).

Y ya ni hablar de la interacción cotidiana: “en diez minutos te hablo”, “ya es una cita”, “nos vemos el sábado”, “te lo mando mañana”, “estaba a punto de marcarte”, “contigo, tanto en la pobreza como en la enfermedad”. Más todas las frases que llegaron a su mente.

De hecho, si aún usted es de los que piensa que ya no podemos hacer nada apegado a principios éticos y jurídicos para sacar a México de la barranca, le invito a que reflexione lo siguiente: ¿cuánto cambiaría su ámbito de influencia inmediato si cumpliera puntualmente con todo lo que le promete a las personas con las que interactúa? ¿Cómo se sentiría en términos personales si, pretextos a un lado, cumple con lo que ofrece?

¿Y si las personas a su alrededor actuaran igual? ¿Y si “empeñar la palabra” y “ya es un compromiso” (conceptos hoy en crisis) recuperaran su significado y el esplendor pasados? ¿Qué sería de México, de nuestra sociedad? Piénselo, y créame: hacer lo que se dice (enmarcado por la ética y el bienestar común) es un acto inestimable. Y sólo tiene que cumplir con lo que se compromete.

* El autor es abogado, periodista y administrador. Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y de la Asociación Nacional de Abogados de Empresa (ANADE Colegio). Profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.